viernes, 10 de abril de 2015

CRÓNICA DE UNA MUERTE ANUNCIADA



La eutanasia está legalizada en Holanda, Bélgica y Luxemburgo para enfermos terminales. Por eso, hace unos meses, la justicia belga concedió la denominada ‘muerte asistida’ a un delincuente de 52 años condenado a cadena perpetua por homicidio y varios delitos sexuales. Se trata del primer caso, al parecer, donde se ha valorado el sufrimiento psicológico como argumento para conceder la eutanasia y también la primera vez que se le aplicaría a un preso que, por cierto, lleva ya unos 30 años en prisión… Como era de prever, automáticamente una quincena de presos solicitaron la misma medida aferrándose al mismo pretexto… porque ya se sabe qué pasa en estos casos: uno es el que toca y, si se le abre la puerta, todos quieren salir detrás. ¿Cómo no? Por lo tanto, el debate sería: ¿deberían concederle el derecho a morir?

Alguno me va a tener que disculpar, pero concederle a un asesino reincidente que justifica sus fechorías aduciendo una socorrida enfermedad mental significa liberarlo de su condena ‘haciendo trampas’, por así decirlo. Sería como sacarlo por la puerta falsa, como acortarle la pena otorgándole privilegios impropios de alguien que ha disfrutado a costa del dolor de otros. Me da igual lo que aleguen los psiquiatras, qué leyes le amparen o qué sentimientos le aflijan. Muchos de ellos son una simple banalización del mal, producto de una sociedad que banaliza la muerte a través del cine, la literatura o los videojuegos y que despierta la pulsión de dañar o matar en ciertos individuos sin conciencia. Sólo me interesa la opinión de las víctimas y sus familiares, sus puntos de vista, sus estados anímicos y derechos fundamentales… que no tengan que revivir miedos ni miserias pasadas, que dispongan del apoyo psicológico necesario y que se les procure todos los medios al alcance para poder superar lo que es, a todas luces, un trauma de por vida. Y todo esto recae en manos de las autoridades, supongo, quienes en teoría son los que tienen que velar por el bienestar de sus ciudadanos. ¿O no?

Después de levantar polémica y avivar heridas en unos, e inventar excusas y alentar vanas esperanzas en otros, al preso en cuestión le ha sido denegado, por parte de sus médicos, tan gracioso privilegio. Creo que así se hace justicia. En primer lugar, porque no soy partidaria de la pena de muerte. Quitarle la vida a otro, aunque sea el más criminal, te convierte en alguien tan despiadado como él. Y, en segundo lugar, porque supondría proporcionarle al verdugo la ansiada liberación. Y este final tan ‘rápido’ no deja de ser un acto de injusticia.

Al margen de lo anteriormente descrito, me parece una locura en sí misma la práctica de la eutanasia y voy a explicar por qué. En mayor medida porque, con el tiempo, seremos más permisivos y se aplicará también en ‘casos especiales’ como el que acabamos de ver. Ojalá me equivoque. Y enseguida le seguirán otros a los que tildarán de ‘excepciones’. La eutanasia, de una u otra manera, es matar y puede llegar a convertirse en un arma de doble filo para muchos. Ya he empezado a escuchar razonamientos pro eutanasia de la categoría: “mi vida es mía y yo decido cuándo quiero morir”. Esta sociedad que banaliza la vida y la muerte gracias a las armas y a avances tecnológicos, tratará también de banalizar la muerte gracias a la ciencia. Por citar un ejemplo sobre lo que estoy diciendo, añadir que en Bélgica una pareja de ancianos ha solicitado que se les aplique la eutanasia simultánea pese a que ninguno de los dos se encuentra en fase de enfermedad terminal.

La vida es un don, un regalo sagrado y hay que respetarlo y protegerlo hasta el final. Si en aquellos países donde la práctica de la eutanasia es legal se promoviera, en mayor medida, el respeto a la vida, y no hubiera otra alternativa que administrar al paciente terminal los cuidados paliativos oportunos, la sociedad volvería a ver las cosas de otra manera. Sí se puede y se está llevando a cabo en muchos sitios. Esa vida sagrada de la que os hablo no puede perder su valor. La sociedad que trata de vendernos la cultura de la muerte como una ‘solución final’ debe comprender que morir es un proceso más de la vida al que todos, tarde o temprano, hemos de enfrentarnos. Un proceso a asumir que es posible vivir sin dolor, llegado el caso. A mí me convence más una sociedad que luche por el bienestar de jóvenes y adultos, una sociedad que se ocupe de preservar la vida hasta el final… aunque mi cuerpo esté enfermo y mi vida no sea ‘rentable’ para la sociedad laboralmente hablando.

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